Dos damas a las que la calle Monzón capta su atención. Alejada del objetivo, la ilustre vecina en su casa: cuna de una estirpe de comerciantes, que se mantienen en la calle con la persiana bien abierta.
| Mi abuela Carmen (Verano 1989) |
¿Habéis
probado las ciruelas “claudia” recién cogidas del árbol? Cuando yo iba a
comprarlas. a la calle Esparza, me fascinaba el modo en el que me las vendía
Pilarín. En la puerta de su casa o en el patio y, algún tiempo más tarde, en
una habitación contigua, estaban dispuestas las verduras cultivadas por su
padre y entre ellas se encontraba la cesta con la fruta favorita de mi madre.
Desde
la ventana, me había dado la bienvenida y al instante la tenía a mi lado,
sonriente y dispuesta para la venta. Charlábamos un poco mientras ella daba un
repaso a su género: tiraba las hojas mustias de alguna lechuga o ponía en orden
tal o cual hortaliza, hasta que en un momento dado, tras conocer la cantidad de
ciruelas que yo necesitaba, iniciaba la ceremonia que iba a atrapar por
completo mi atención y mantendría mi vista fija en sus manos.
Con
ágiles dedos y sumo cuidado, para no alterar la forma de la ciruela, escogía el
ejemplar y lo depositaba en un plato de la balanza. En esta acción, reiterada e
hipnótica, combinaba destreza y delicadeza y ponía especial esmero en “las
claudias” que habían estallado o en las que la pulpa estaba a punto de
aflorar.
| Calle Esparza |
Ferré, J.C. (2018) “Las Plazas del mercado”. De dentro y de fuera, pp. 99-100.
Texto cedido a Calles con alma, por el autor.
La cabeza en el Vero, los
pies en el Rioancho y la mirada en la
huerta vieja, la plaza del mercado no
es una sino dos. Se hace otra a mediodía, cambia de cara y de traje. Es domingo
cada tarde y lunes cada mañana.
Cada mañana, a buena hora
y antes que el claro se desliza por los toboganes de esponja y teja árabe hacia
el centro del gran patio interior porticado, el señor Goyo aparece por la esquina del Boni con los diamantes del campero
sobre su carro. La mano izquierda en los riñones, badallando las orejeras sueltas de la visera Durruti, construye muy lentamente una ordenada fortaleza de cajas,
de canastas de caña y corvillos de
mimbre. Todo en su sitio, los poros de su guante echan humo, y el costado este
de la plaza, protegido por Santa Ana, espera a su dueña bajo la sombra.
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| Plaza del Mercado (Barbastro) Alrededor de 1980 |
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| Ramastué (Huesca) Pico Turbón a la izquierda de la torre |