lunes, 22 de junio de 2026

URRACA I DE LEÓN Y LA SOMBRA DEL BATALLADOR

 

Calle Cardenal Landázuri (León)

Urraca I de León, conocida como La Temeraria”, es una de las figuras más singulares de la Edad Media hispánica. Nació en 1081 y murió en 1126, en el castillo de Saldaña.

Resulta difícil de ubicar el lugar donde se encontraba en esa época la sede regia en León. Seguramente se situaba en edificios anexos a la Basílica de San Isidoro, entonces en construcción, próximo al palacio que Alfonso VII, hijo de Urraca, mandaría construir poco después y del que solo queda en pie la torre Berenguela.

Así, la Plaza de San Isidoro, la propia basílica y sus calles cercanas serían el escenario cotidiano de la reina y su séquito. Conviene recordar que, hasta bien entrado el siglo XIII, los monarcas eran reyes guerreros, y se desplazaban según las campañas y las fronteras.

Paseando por estas calles, impregnadas de historia, decido traer al blog a esta reina (vínculada con el reino de Aragón). Esta será mi modesta aportación al 900 aniversario de la muerte de Urraca I, que los leoneses están conmemorando con exposiciones, homenajes y diversos actos académicos y ciudadanos.

Hija de Alfonso VI el Bravo, conquistador de la ciudad de Toledo, Urraca heredó en 1109 los reinos de León, Castilla y Galicia tras la muerte de su hermanastro Sancho y el fallecimiento de su padre. Su acceso al trono fue excepcional: se convirtió en la primera mujer que reinó por derecho propio (suo iure) en la historia peninsular, un hecho casi sin precedentes en la Europa medieval.

Casada a los doce años con Raimundo de Borgoña, tuvo con él a su heredero, el futuro Alfonso VII. Tras enviudar y asumir la corona, se encontró con una nobleza recelosa ante la idea de que gobernara una mujer. Para reforzar su posición política, aceptó, con manifiesta resistencia, casarse con Alfonso I de Aragón, el Batallador.

La unión fue un desastre. Ambos monarcas chocaron por el control de los territorios pertenecientes al reino leonés. Las crónicas de aquel tiempo, especialmente las leonesas, describen al Batallador como un gobernante rudo e incluso violento, también con la reina, propenso a la dureza tanto verbal como física, llegando a retenerla en la fortaleza de El Castellar (Zaragoza). El conflicto derivó en una guerra civil, alianzas cambiantes y una nobleza que presionaba sin descanso.

Urraca, sin embargo, demostró una tenacidad extraordinaria. Con el apoyo de nobles fieles como Gómez González de Candespina y, sobre todo, Pedro González de Lara, su amante, con quien tuvo al menos dos hijos, regresó a León y solicitó al papa Pascual II la nulidad matrimonial. La Iglesia declaró el matrimonio nulo ab initio, alegando consanguinidad, por ser ambos bisnietos de Sancho III el Mayor de Pamplona (dinastía Jimena), aunque en realidad fuera por causa política.

A pesar de las rebeliones gallegas, los choques con el poderoso obispo de Santiago de Compostela Diego Gelmírez y las tensiones con su propio hijo Alfonso, Urraca logró lo que parecía imposible: mantener unidos sus reinos y transmitirlos íntegros a su heredero. Su reinado, marcado por la guerra, la política y la resistencia, consolidó la continuidad de la monarquía leonesa y abrió un precedente histórico para el ejercicio del poder femenino en la Edad Media.

Urraca murió a consecuencia de un aborto “adulterino”, así calificado en  contextos jurídicos y religiosos de la época. Está enterrada en el Panteón Real de San Isidoro, sin duda alguna un lugar con alma y  considerado por muchos como la capilla Sixtina del arte románico. Fue marginada por la nobleza de su tiempo, por su propio hijo y por la historiografía. Tras el fallecimiento de Urraca de León, su hijo Alfonso VII, proclamado Emperador de Hispania, contrajo matrimonio con Berenguela de la casa condal de Barcelona, hermana de Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona y futuro consorte de Petronila de Aragón.

En este contexto dinástico, Ramón Berenguer IV, poco tiempo después de celebrarse los “esponsales” con Petronila en Barbastro, envió a la infanta a la corte leonesa (1140‑1148) para recibir educación bajo la tutela de Berenguela. Muerta esta y terminado el periodo formativo, Petronila regresó a Aragón para formalizar su matrimonio con el conde barcelonés, en la Zuda de Lérida, acto que consolidó la unión política entre la Casa de Aragón y la de Barcelona.

El Reino de León fue, entre 910 y 1230, uno de los principales de la península Ibérica y jugó un papel decisivo tanto en la expansión territorial como en la construcción institucional medieval. Bajo Alfonso V se desarrolló un sistema jurídico innovador gracias a sus fueros, y con Alfonso IX, último rey de León, se celebraron en 1188 las primeras Cortes europeas con representación ciudadana, hoy reconocidas por la UNESCO como el origen del parlamentarismo. A pesar de ello, algunos historiadores y novelistas tienden a diluir su identidad histórica dentro de la de Castilla, relegando injustamente la relevancia leonesa.

Hoy, muchos leoneses reivindican la figura de la reina Urraca I y reclaman el reconocimiento que merece como una de las grandes soberanas medievales de la península.

Alfonso Ordín Náger