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| Calle Cardenal Landázuri (León) |
Urraca
I de León, conocida como “La Temeraria”, es una de las figuras más singulares
de la Edad Media hispánica. Nació en 1081 y murió en 1126, en el castillo de
Saldaña.
Resulta
difícil de ubicar el lugar donde se encontraba en esa época la sede regia en
León. Seguramente se situaba en edificios anexos a la Basílica de San Isidoro, entonces en construcción, próximo
al palacio que Alfonso VII, hijo de Urraca, mandaría construir poco después y
del que solo queda en pie la torre Berenguela.
Así,
la Plaza de San Isidoro, la propia basílica
y sus calles cercanas serían el escenario cotidiano de la reina y su séquito.
Conviene recordar que, hasta bien entrado el siglo XIII, los monarcas eran reyes guerreros, y se desplazaban según las campañas y
las fronteras.
Paseando
por estas calles, impregnadas de historia, decido traer al blog a esta reina (vínculada
con el reino de Aragón). Esta será mi modesta aportación al 900 aniversario de
la muerte de Urraca I, que los leoneses están conmemorando con exposiciones,
homenajes y diversos actos académicos y ciudadanos.
Hija
de Alfonso VI el Bravo, conquistador de
la ciudad de Toledo, Urraca heredó en 1109 los reinos de León, Castilla y Galicia tras la muerte de su hermanastro Sancho y el fallecimiento de su
padre. Su acceso al trono fue excepcional: se convirtió en la primera mujer que reinó por derecho propio (suo iure)
en la historia peninsular, un hecho casi sin precedentes en la Europa medieval.
Casada
a los doce años con Raimundo de Borgoña,
tuvo con él a su heredero, el futuro Alfonso VII. Tras
enviudar y asumir la corona, se encontró con una nobleza recelosa ante la idea
de que gobernara una mujer. Para reforzar su posición política, aceptó, con manifiesta
resistencia, casarse con Alfonso I de Aragón, el
Batallador.
La
unión fue un desastre. Ambos monarcas chocaron por el control de los
territorios pertenecientes al reino leonés. Las crónicas de aquel tiempo,
especialmente las leonesas, describen al Batallador como un gobernante rudo e
incluso violento, también con la reina, propenso a la dureza tanto verbal como
física, llegando a retenerla en la fortaleza de El Castellar (Zaragoza). El
conflicto derivó en una guerra civil,
alianzas cambiantes y una nobleza que presionaba sin descanso.
Urraca,
sin embargo, demostró una tenacidad extraordinaria. Con el apoyo de nobles
fieles como Gómez González de Candespina y, sobre todo, Pedro González de Lara,
su amante, con quien tuvo al menos dos hijos, regresó a León y solicitó al papa
Pascual II la nulidad matrimonial.
La Iglesia declaró el matrimonio nulo ab initio,
alegando consanguinidad, por ser ambos bisnietos de Sancho III el Mayor de
Pamplona (dinastía Jimena), aunque en realidad fuera por causa política.
A
pesar de las rebeliones gallegas, los choques con el poderoso obispo de
Santiago de Compostela Diego Gelmírez y las
tensiones con su propio hijo Alfonso, Urraca logró lo que parecía imposible: mantener unidos sus reinos y transmitirlos íntegros a su heredero. Su reinado, marcado por
la guerra, la política y la resistencia, consolidó la continuidad de la
monarquía leonesa y abrió un precedente histórico para el ejercicio del poder
femenino en la Edad Media.
Urraca murió a consecuencia de un
aborto “adulterino”, así calificado en
contextos jurídicos y religiosos de la época. Está enterrada en el Panteón
Real de San Isidoro, sin duda alguna un lugar con alma y considerado por muchos como la capilla Sixtina
del arte románico. Fue marginada por la nobleza de su tiempo, por su propio
hijo y por la historiografía. Tras el
fallecimiento de Urraca de León,
su hijo Alfonso VII, proclamado Emperador de Hispania,
contrajo matrimonio con Berenguela de la casa condal de Barcelona,
hermana de Ramón Berenguer IV, conde de
Barcelona y futuro consorte de Petronila de Aragón.
En este contexto dinástico, Ramón
Berenguer IV, poco tiempo después de celebrarse los “esponsales” con Petronila
en Barbastro, envió a la infanta a la corte leonesa (1140‑1148) para recibir
educación bajo la tutela de Berenguela. Muerta esta y terminado el periodo
formativo, Petronila regresó a Aragón para formalizar su matrimonio con el
conde barcelonés, en la Zuda de Lérida,
acto que consolidó la unión política entre la Casa de Aragón y la de Barcelona.
El Reino de
León fue, entre 910 y 1230,
uno de los principales de la península Ibérica y
jugó un papel
decisivo tanto en la expansión territorial como en la
construcción institucional medieval. Bajo Alfonso V
se desarrolló un sistema jurídico innovador gracias a sus fueros, y con Alfonso
IX, último rey de León, se celebraron en 1188 las primeras Cortes europeas con representación ciudadana,
hoy reconocidas por la UNESCO como el origen del parlamentarismo. A pesar de
ello, algunos historiadores y novelistas tienden a diluir su identidad histórica dentro de la de Castilla,
relegando injustamente la relevancia leonesa.
Hoy, muchos leoneses reivindican
la figura de la reina Urraca I y reclaman el reconocimiento que merece como una
de las grandes soberanas medievales de la península.
Alfonso
Ordín Náger
