Amigos que permanecen en la
memoria
Han
pasado ya siete años desde que comencé a recordar a mi amigo Joaquín Coll,
que nos dejó un 10 de julio, y junto a él, a Pedro
Oliete, inseparable compañero y también querido amigo. Con el
tiempo, aquella evocación inicial se ha ido ampliando, porque la vida, con su
manera silenciosa de avanzar, ha ido apartando de mi camino a otros amigos que
también formaron parte esencial de mi historia.
Cada
año la lista crece, y con ella la pena de saberlos ausentes, pero también la
gratitud profunda por lo vivido a su lado.
No
concibo mi infancia sin la presencia de Justo Riazuelo,
ni mi juventud sin aquellas noches de versos compartidos en la bohemia
barcelonesa, bajo la mirada azabache de Pedro Oliete y los
ojos sonrientes de Joaquín Coll. A Jorge Mayoral Meya siempre le
estaré agradecido por la generosidad con la que me acogió al volver a Barbastro
y por la explosión creativa que compartimos durante años, capaz de hacerme
sentir intensamente vivo, cuando creía que mi vida activa había llegado a su fin.
Este
último año ha sido especialmente duro. La marcha inesperada de Paco Lacau me devolvió de golpe al coro infantil donde,
junto a él y otros niños, cantábamos: “El General Bun Bun, cuando va a la
guerra, tocando su tambor hace temblar la tierra”. Con el tiempo comprendí que
él era, en realidad, el General Bun Bun: grande de hechura, inmenso en
espíritu. Pocos días después se fue también Pedro
Mayor, su amigo del alma: inteligente, educado, luchador
incansable y profundamente enamorado de Barbastro, desde su vida en Tarragona.
No pudo resistir la ausencia de Paco y decidió dejar de luchar.
A
veces siento el impulso de querer volver a aquellos momentos compartidos: las
mañanas de conversaciones sin prisa, las risas interminables y la complicidad
que nos unía alrededor de una simple mesa para el almuerzo, “los Almorzadores” … Ahora
nos reunimos solo los viernes, y se han sumado sus compañeras de viaje: Kati,
Rosa, Pili y, cuando puede, María Antonia, además de Iván, el nieto de Jorge y,
de algún modo, de todos nosotros. Esos encuentros son un regalo que agradecemos
profundamente.
Cada
julio, junto al recuerdo de mis amigos ausentes, suelo incluir un poema de
Joaquín Coll, en este caso también procedente de su poemario Cuaderno de un viejo poeta,
y dado que el lema del festival literario Barbitania de este año fue “La casa”, he transcrito el poema titulado “La casa muerta”
LA CASA MUERTA
Detenido su aliento en el zaguán oscuro
la puerta está cerrada.
La casa no respira.
En un rincón del patio
descansan las azadas
y en la cocina, el cierzo
hace sonar la chimenea
que aún escuchan erguidos
dos pucheros de barro.
La tinaja sin agua y el cazo de la sopa
se disputan el suelo
con dos trozos de yeso …
Cuando el sol indiscreto
alumbre las paredes de la sala
y aniden los vencejos en la alcoba
nadie habrá hecho el amor en esta casa
ni llorado sus muertos.
Cuando cualquier primavera impetuosa
derribe la fachada y parte del tejado
las ruinas del solar se llenarán de ortigas …
… Un poco más
y yo, no habré nacido.
Joaquín Coll
Clavero
La
vida ha seguido su camino, ese camino que anduvimos juntos y en el que ya no
estáis, pero permanecéis en lugares invisibles envueltos en afectos verdaderos,
y me gusta recordar la suerte que tuve al coincidir con vosotros.
Alfonso Ordín Náger



