El Voramar es un hotel y también
un buque insignia en el paseo marítimo de Benicasim. Su historia se empezó a
escribir a dos manos, entre el tren y el mar allá por 1930, cuando las
circunstancias derivadas de la construcción del ferrocarril del Norte
iluminaron al empresario Juan Pallarés para abrir una casa de baños, un
restaurante poco después y en 1933 el hotel.
Se construyó al principio de la
playa de las Villas, en el paseo actualmente dedicado a Pilar Forts, mujer de Joaquín Coloma, ingeniero que estuvo al frente de las mejoras en la línea ferroviaria Tarragona-Almansa y ferviente admirador de la costa de Benicasim.
Anoche comprobé que el poder de la fotografía es enorme, como también lo es la alianza de voluntades y esfuerzos con un objetivo común.
Sin estas dos premisas es difícil entender que un arrinconado edificio
de mi ciudad haya visto transformar sus acristaladas puertas, opacas al sufrir la repetida superposición de carteles, en un gran ventanal que lo devuelve a la vida.
Todas las tardes de este verano sobre las 4 y media, “mi calle” se
convierte en un planeta. Y en él me sumerjo con cuerpo y mente entregados a la
experiencia de vivir la libertad que me brinda.
Durante una hora lo habito con
fruición y plena consciencia. A veces tengo el regalo de encontrarme con la
sonrisa abierta de un conocido o de un habitual y nuestros rostros al descubierto expresan,
mejor aún que la palabra, la
satisfacción que produce practicar una actividad, durante muchos meses añorada.
Definitivamente las 6 calles de
las Piscinas municipales de Barbastro se han reconvertido en 4 planetas, cuatro
calles para cargarnos de energía, agradecimiento, positividad … y emprender el
viaje de vuelta a la Tierra renovados por estos ingredientes tan necesarios
para vivir el día a día.
En todo el recinto ha brillado el
sol,y también la amabilidad, y cuando
ha sido necesario recordarnos alguna medida sanitaria se ha hecho con tacto y
persistencia, con profesionalidad.
Sus calles acuáticas se han ganado la
categoría de “calles con alma”, y no
precisamente por su trazado o su
historia acumulada, sino porque han contribuido a la felicidad de sus
“transeúntes”.
Hoy me he despertado con la estrofa de una canción en mi cabeza, y así voy toda la mañana, tarareándola mientras mis manos y mi mente saltan de rama en rama. Pero lo curioso es que aunque repito una y otra vez los mismos versos, la fuerza que transmiten se multiplica y no sé dónde me llevan …
"Somos como esos viejos árboles batidos por el viento que azota desde el mar"
En cuanto oigo la canción completa me llega la luz. La letra del inolvidable Labordeta viene a mí para darme confianza en las gentes que conformamos esta tierra y recordarme el poder del querer.
Desde hace unas semanas, dejamos que nos zarandee el recalcitrante virus y nuevamente nos levantamos con una cifra de contagios mayor que la del día anterior.
“SOMOS” está llena de palabras que han adquirido otra magnitud en la pandemia: labios, manos, rostros, hogar …, y hay una que por encima de todas nos muestra el camino, es la fraternidad. Ahora tenemos la oportunidad y la necesidad de hacer lo utópico posible; Labordeta, nos exhorta a emprender la marcha hacia ese objetivo común que se muestra aún lejano …
“Vamos
a echar nuevas raíces
por campos y veredas,
para poder andar,
tiempos
que traigan en su entraña
esa gran utopía
que es la fraternidad”.
Subyace algo en esta palabra que va más allá de la solidaridad porque nos coloca, indefectiblemente, en la posición del otro. En ese lugar cambiará la percepción; la de aquellos que no se protegen en todo momento porque el virus no va a poder con ellos, o se resisten a dejar de trabajar ante un diagnóstico positivo, o mantienen a sus asalariados en condiciones de trabajo indignas, incluso la de aquellos que pretenden proteger la vida deteniéndola ...
Ojalá todos aprendamos a ponernos en el lugar del otro, cuanto antes, para no seguir aumentando las cifras que muestran las estadísticas.