Piedra y silencio
Sabemos que en Barbastro existieron asentamientos anteriores a la llegada del islam: romanos, tardo-romanos e incluso, quizá, vascones, cuya presencia algunos autores la relacionan con el nombre del río Vero, palabra que en euskera significa “agua caliente” (teniendo en cuenta que los vascones bajaban al Somontano desde los Pirineos).
Pese a estos antecedentes,
la tradición histórica considera que el fundador de Barbitania fue el militar
musulmán Jalaf ibn Rashid en el año 802, y que el dominio islámico se mantuvo
en la ciudad hasta 1100.
Durante esos tres siglos
de presencia musulmana Barbastro no contó con iglesias ni ermitas cristianas.
En cambio, según varios historiadores, llegó a tener ocho mezquitas: una mezquita
mayor y otras siete repartidas por los distintos barrios. Tras la conquista
cristiana algunas fueron derribadas o destinadas a diferentes usos, mientras
que otras se transformaron en iglesias. La mezquita mayor acabaría
convirtiéndose en la actual Catedral de Santa María.
A partir del año 1100, la
Catedral y las distintas iglesias se nutrieron principalmente de clérigos
seculares, pero comenzaron a surgir instituciones que marcarían profundamente
la vida religiosa y social de la ciudad.
Iniciamos el recorrido por
el Santuario-Monasterio del Pueyo (1101),
tan querido por los barbastrenses y por todo el Somontano y que hunde sus
raíces en la tradición medieval. Según la leyenda, en 1101 la Virgen se
apareció al pastor Balandrán sobre la copa de un almendro, pidiéndole que
levantara allí una ermita. En la Edad Media (a menudo llamada la Edad de la Fe)
proliferaron relatos de este tipo, y el lugar se convirtió pronto en santuario
y destino de peregrinación. Durante siglos estuvo en manos de clérigos seculares,
hasta que en 1889 pasó a ser monasterio benedictino. Durante la Guerra Civil,
dieciocho monjes fueron asesinados. Tras la contienda, la comunidad regresó y
permaneció hasta 1962, cuando el monasterio pasó a los Misioneros del Corazón
de María. Desde 2009 está atendido por el Instituto del Verbo Encarnado.
En el siglo XIII llegaron
a Barbastro las órdenes mendicantes, muy valoradas por su cercanía al pueblo,
en contraste con el clero secular, más vinculado a la nobleza. Se distinguían
por su labor asistencial, su predicación urbana y la formación que ofrecían en
conventos, situados casi siempre extramuros.
Franciscanos
(1230) - Los franciscanos se establecieron en el arrabal,
donde hoy se alza la iglesia de San Francisco. Tanto la iglesia como el primer
convento fueron construcciones humildes, acordes con la regla de la Orden. Sin
embargo las donaciones populares
permitieron su ampliación y transformación, entre los siglos XV y XVII, en un
notable conjunto gótico-renacentista.
La amplia nave de la iglesia
cuenta con pequeñas capillas laterales. Destaca especialmente la primera a la
izquierda del ábside, la capilla de los Claramunt, decorada con pinturas
renacentistas de Rafael Pertús, así como los azulejos de cerámica,
probablemente procedentes de Muel (Zaragoza). Bajo esta capilla se encuentra
una singular cripta funeraria, digna de visita.
Los franciscanos fueron exclaustrados en 1836, viéndose obligados a abandonar el convento y sus bienes. La mayor parte de las huertas fue adquirida por el marqués de Artasona, señor de Suelves, origen del nombre dado al barrio surgido posteriormente en la zona.
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| Plaza de San Antonio (Claustro del convento, en el pasado) Detrás, iglesia de San Francisco |
Los
Mercedarios se
establecieron en 1292 en una humilde casa junto a la ermita de Santo
Domingo, situada extramuros, en el camino conocido como la Tallada. Su misión
principal era la redención de cautivos, cristianos apresados por los musulmanes,
aunque también se dedicaron a la enseñanza y a la atención de pobres y
marginados.
A mediados del siglo XVI
construyeron un gran convento, con una notable iglesia y torre, comparable en
tamaño a la de San Francisco. Durante la Guerra de la Independencia el edificio
fue utilizado como cuartel por las tropas napoleónicas y quedó prácticamente
destruido; posteriormente un incendio lo redujo a cenizas.
Tras la contienda, los
frailes levantaron una modesta casa-convento con iglesia en la planta baja,
pero la desamortización de Mendizábal provocó su exclaustración. El inmueble
pasó a manos privadas y, con el tiempo, el abandono lo ha reducido a un triste
esqueleto de ladrillo, pese a sus más de siete siglos de historia.
Trinitarios
descalzos (1560) - El convento de los Trinitarios descalzos
se levantó en 1560, como casi todos fuera de las murallas, al final de la calle
de San Miguel, en el camino de Huesca, frente a una ermita entonces dedicada a
la Virgen de Loreto. Era un conjunto amplio y sobrio con una iglesia bajo la advocación de San Cosme y San Damián.
Su misión principal era
también el rescate de cautivos (no olvidemos que fue esta Orden la que logró la
liberación del insigne escritor Miguel de Cervantes), además de la práctica de
la caridad. Como prueba de ello, según D. Santos Lalueza, la actual calle de La
Seo era conocida como calle de la Limosna, pues conducía hasta la puerta del
convento, donde se repartía diariamente un plato de sopa, la limosna.
El convento sufrió graves
daños durante la ocupación francesa y
posteriormente fue afectado por la desamortización. Desapareció por
completo en 1846, quedando únicamente restos arqueológicos. Pascual Madoz, en
su Diccionario, y el propio Santos Lalueza confirman que gran parte de sus
materiales se reutilizaron en obras civiles de la ciudad, como la canalización
de la mina y la alcantarilla mayor de Barbastro.
Clarisas franciscanas (1560) - El convento de las Clarisas franciscanas se levantó en 1560 junto a la ermita de Santa Lucía, en el solar que hasta comienzos del siglo XVI había ocupado el antiguo Hospital de Pobres (confluencia de las actuales calle Pablo Sahún y Joaquín Costa). El hospital se fusionó más tarde con el de San Julián, dando lugar al Hospital de San Julián y Santa Lucía, situado en la parte alta de la Tallada, al inicio del Camino Real de Zaragoza.
La construcción del convento de las Clarisas fue posible en gran medida gracias a la donación de bienes de Juana Lunel. La comunidad seguía la regla franciscana y, a diferencia de los conventos masculinos, apenas sufrió daños durante la invasión napoleónica ya que las tropas lo utilizaron principalmente como almacén. Tampoco resultó afectado por la desamortización de Mendizábal. En 1936, como ocurrió en toda la zona republicana, las monjas abandonaron el convento, que fue empleado temporalmente como cárcel de mujeres. Tras la Guerra Civil regresaron, permaneciendo en la ciudad hasta 1969, cuando la falta de vocaciones obligó a cerrar la comunidad. Poco después, el convento y su torre fueron derribados y sustituidos por un edificio de viviendas de escaso valor arquitectónico.
Capuchinos
(1610) - En ese año se colocó la primera piedra del convento
de los Capuchinos, situado a las afueras de la ciudad, en la calle que aún hoy
lleva su nombre. Rodeado de huertas, respondía al ideal capuchino de retiro,
pobreza y autosuficiencia. Su sencilla iglesia estaba dedicada a la Virgen del
Pilar y la comunidad centraba su labor en la predicación y la atención a
enfermos y pobres. Durante la Guerra de la Independencia el convento fue
utilizado como almacén. Tras el conflicto, los frailes regresaron y retomaron
la vida regular, pero la desamortización de 1835 provocó su exclaustración. La
comunidad se disolvió, el convento y las huertas fueron vendidos a particulares
y el edificio desapareció. Hoy solo pervive el topónimo de la calle Capuchinos.
Capuchinas (1670) - Se establecieron inicialmente en una casa cercana a los actuales “jardinetes” (Plaza de Aragón). El mal estado del edificio llevó a construir un nuevo convento en el barrio del Entremuro, sobre la antigua Zuda musulmana, obra finalizada en 1737. Allí la comunidad vivió dedicada a la oración y al servicio espiritual. Durante la Guerra Civil, el convento fue utilizado como prisión: primero por las fuerzas republicanas (1936–1938) y después por las nacionales hasta 1945. En 2023 se anunció su posible marcha por falta de vocaciones, pero el apoyo popular las animó a permanecer en Barbastro y aquí siguen.
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| Entrada al convento de las Capuchinas |
Paúles
de San Vicente (1759) – Se ubicaron en el edificio que en
principio ocuparon las Capuchinas en los ya mencionados “jardinetes”, antes de su traslado al Entremuro. Se construyó nueva
iglesia y convento, siendo la casa seminaria “grande y suntuosa”, según López
Novoa. Se dedicaron a la enseñanza, la asistencia y la predicación y, a pesar
de ser religiosos regulares, a la formación de sacerdotes seculares. Como otros
conventos sufrieron los efectos de la Guerra de la Independencia y fueron
exclaustrados en 1836 tras unos 75 años en Barbastro.
Aunque coexistieron en el
tiempo, no se incluyen aquí las Escuelas Pías, cuya fundación se decretó en
1679, ni el colegio de las Hijas de la Caridad (Paúlas), establecido en 1799,
por tratarse de colegios y no de conventos. Comparten la peculiaridad de ser los primeros centros
educativos en España de sus respectivas órdenes.
Tras la Desamortización de
Mendizábal, Barbastro acogió en 1888 a los misioneros del Corazón de María, que
instalaron iglesia, seminario y convento en la actual calle Joaquín Costa, nº
17, comunidad que aún subsiste, aunque muy mermada. También se establecieron
las Siervas de María, cuidadoras de enfermos, en 1890, primero en la calle
de La Seo y posteriormente en su convento de la calle de Las Fuentes, activo
hasta 2024, cuando cerró por falta de vocaciones, tras 135 años de presencia
ininterrumpida en la ciudad.
La historia religiosa de
Barbastro entre 1100 y 1850 muestra un notable desarrollo de la vida conventual,
especialmente entre 1650 y 1850. En ese periodo la ciudad llegó a contar con
siete conventos (cinco masculinos y dos femeninos) además del Santuario del
Pueyo. Más de doscientas personas vivían entonces dedicadas a la vida
religiosa, una cifra muy significativa para una población que apenas alcanzaba
los tres mil habitantes, según el censo de Floridablanca.
A pesar de su importancia social, cultural y arquitectónica, la mayor parte de este patrimonio conventual ha desaparecido. Solo se conservan algunos vestigios: la iglesia franciscana (no así su convento), el convento de las Capuchinas y el Santuario del Pueyo. El resto de edificios, incluidos conventos, iglesias y torres, se han perdido por completo, más allá de algún resto arqueológico. Y cuando se pierde el patrimonio, también se debilita la memoria colectiva.
Alfonso Ordín Náger


