viernes, 13 de febrero de 2026

BARBASTRO: CONVENTOS Y MONASTERIO

Piedra y silencio

Sabemos que en Barbastro existieron asentamientos anteriores a la llegada del islam: romanos, tardo-romanos e incluso, quizá, vascones, cuya presencia algunos autores la relacionan con el nombre del río Vero, palabra que en euskera significa “agua caliente” (teniendo en cuenta que los vascones bajaban al Somontano desde los Pirineos).

Pese a estos antecedentes, la tradición histórica considera que el fundador de Barbitania fue el militar musulmán Jalaf ibn Rashid en el año 802, y que el dominio islámico se mantuvo en la ciudad hasta 1100.

Durante esos tres siglos de presencia musulmana Barbastro no contó con iglesias ni ermitas cristianas. En cambio, según varios historiadores, llegó a tener ocho mezquitas: una mezquita mayor y otras siete repartidas por los distintos barrios. Tras la conquista cristiana algunas fueron derribadas o destinadas a diferentes usos, mientras que otras se transformaron en iglesias. La mezquita mayor acabaría convirtiéndose en la actual Catedral de Santa María.

A partir del año 1100, la Catedral y las distintas iglesias se nutrieron principalmente de clérigos seculares, pero comenzaron a surgir instituciones que marcarían profundamente la vida religiosa y social de la ciudad.

Iniciamos el recorrido por el Santuario-Monasterio del Pueyo (1101), tan querido por los barbastrenses y por todo el Somontano y que hunde sus raíces en la tradición medieval. Según la leyenda, en 1101 la Virgen se apareció al pastor Balandrán sobre la copa de un almendro, pidiéndole que levantara allí una ermita. En la Edad Media (a menudo llamada la Edad de la Fe) proliferaron relatos de este tipo, y el lugar se convirtió pronto en santuario y destino de peregrinación. Durante siglos estuvo en manos de clérigos seculares, hasta que en 1889 pasó a ser monasterio benedictino. Durante la Guerra Civil, dieciocho monjes fueron asesinados. Tras la contienda, la comunidad regresó y permaneció hasta 1962, cuando el monasterio pasó a los Misioneros del Corazón de María. Desde 2009 está atendido por el Instituto del Verbo Encarnado.

En el siglo XIII llegaron a Barbastro las órdenes mendicantes, muy valoradas por su cercanía al pueblo, en contraste con el clero secular, más vinculado a la nobleza. Se distinguían por su labor asistencial, su predicación urbana y la formación que ofrecían en conventos, situados casi siempre extramuros.

Franciscanos (1230) - Los franciscanos se establecieron en el arrabal, donde hoy se alza la iglesia de San Francisco. Tanto la iglesia como el primer convento fueron construcciones humildes, acordes con la regla de la Orden. Sin embargo  las donaciones populares permitieron su ampliación y transformación, entre los siglos XV y XVII, en un notable conjunto gótico-renacentista.

La amplia nave de la iglesia cuenta con pequeñas capillas laterales. Destaca especialmente la primera a la izquierda del ábside, la capilla de los Claramunt, decorada con pinturas renacentistas de Rafael Pertús, así como los azulejos de cerámica, probablemente procedentes de Muel (Zaragoza). Bajo esta capilla se encuentra una singular cripta funeraria, digna de visita.

Los franciscanos fueron exclaustrados en 1836, viéndose obligados a abandonar el convento y sus bienes. La mayor parte de las huertas fue adquirida por el marqués de Artasona, señor de Suelves, origen del nombre dado al barrio surgido posteriormente en la zona.

Plaza de San Antonio (Claustro del convento, en el pasado)
Detrás, iglesia de San Francisco 

Los Mercedarios se establecieron en 1292 en una humilde casa junto a la ermita de Santo Domingo, situada extramuros, en el camino conocido como la Tallada. Su misión principal era la redención de cautivos, cristianos apresados por los musulmanes, aunque también se dedicaron a la enseñanza y a la atención de pobres y marginados.

A mediados del siglo XVI construyeron un gran convento, con una notable iglesia y torre, comparable en tamaño a la de San Francisco. Durante la Guerra de la Independencia el edificio fue utilizado como cuartel por las tropas napoleónicas y quedó prácticamente destruido; posteriormente un incendio lo redujo a cenizas.

Tras la contienda, los frailes levantaron una modesta casa-convento con iglesia en la planta baja, pero la desamortización de Mendizábal provocó su exclaustración. El inmueble pasó a manos privadas y, con el tiempo, el abandono lo ha reducido a un triste esqueleto de ladrillo, pese a sus más de siete siglos de historia.

Trinitarios descalzos (1560) - El convento de los Trinitarios descalzos se levantó en 1560, como casi todos fuera de las murallas, al final de la calle de San Miguel, en el camino de Huesca, frente a una ermita entonces dedicada a la Virgen de Loreto. Era un conjunto amplio y sobrio con una iglesia bajo la advocación de San Cosme y San Damián.

Su misión principal era también el rescate de cautivos (no olvidemos que fue esta Orden la que logró la liberación del insigne escritor Miguel de Cervantes), además de la práctica de la caridad. Como prueba de ello, según D. Santos Lalueza, la actual calle de La Seo era conocida como calle de la Limosna, pues conducía hasta la puerta del convento, donde se repartía diariamente un plato de sopa, la limosna.

El convento sufrió graves daños durante la ocupación francesa y  posteriormente fue afectado por la desamortización. Desapareció por completo en 1846, quedando únicamente restos arqueológicos. Pascual Madoz, en su Diccionario, y el propio Santos Lalueza confirman que gran parte de sus materiales se reutilizaron en obras civiles de la ciudad, como la canalización de la mina y la alcantarilla mayor de Barbastro.

Clarisas franciscanas (1560) - El convento de las Clarisas franciscanas se levantó en 1560 junto a la ermita de Santa Lucía, en el solar que hasta comienzos del siglo XVI había ocupado el antiguo Hospital de Pobres (confluencia de las actuales calle Pablo Sahún y Joaquín Costa). El hospital se fusionó más tarde con el de San Julián, dando lugar al Hospital de San Julián y Santa Lucía, situado en la parte alta de la Tallada, al inicio del Camino Real de Zaragoza. 

La construcción del convento de las Clarisas fue posible en gran medida gracias a la donación de bienes de Juana Lunel. La comunidad seguía la regla franciscana y, a diferencia de los conventos masculinos, apenas sufrió daños durante la invasión napoleónica ya que las tropas lo utilizaron principalmente como almacén. Tampoco resultó afectado por la desamortización de Mendizábal. En 1936, como ocurrió en toda la zona republicana, las monjas abandonaron el convento, que fue empleado temporalmente como cárcel de mujeres. Tras la Guerra Civil regresaron, permaneciendo en la ciudad hasta 1969, cuando la falta de vocaciones obligó a cerrar la comunidad. Poco después, el convento y su torre fueron derribados y sustituidos por un edificio de viviendas de escaso valor arquitectónico.

Capuchinos (1610) - En ese año se colocó la primera piedra del convento de los Capuchinos, situado a las afueras de la ciudad, en la calle que aún hoy lleva su nombre. Rodeado de huertas, respondía al ideal capuchino de retiro, pobreza y autosuficiencia. Su sencilla iglesia estaba dedicada a la Virgen del Pilar y la comunidad centraba su labor en la predicación y la atención a enfermos y pobres. Durante la Guerra de la Independencia el convento fue utilizado como almacén. Tras el conflicto, los frailes regresaron y retomaron la vida regular, pero la desamortización de 1835 provocó su exclaustración. La comunidad se disolvió, el convento y las huertas fueron vendidos a particulares y el edificio desapareció. Hoy solo pervive el topónimo de la calle Capuchinos.

Capuchinas (1670) - Se establecieron inicialmente en una casa cercana a los actuales “jardinetes” (Plaza de Aragón). El mal estado del edificio llevó a construir un nuevo convento en el barrio del Entremuro, sobre la antigua Zuda musulmana, obra finalizada en 1737. Allí la comunidad vivió dedicada a la oración y al servicio espiritual. Durante la Guerra Civil, el convento fue utilizado como prisión: primero por las fuerzas republicanas (1936–1938) y después por las nacionales hasta 1945. En 2023 se anunció su posible marcha por falta de vocaciones, pero el apoyo popular las animó a permanecer en Barbastro y aquí siguen.

Entrada al convento de las Capuchinas

Paúles de San Vicente (1759) – Se ubicaron en el edificio que en principio ocuparon las Capuchinas en los ya mencionados “jardinetes”, antes de su traslado al Entremuro. Se construyó nueva iglesia y convento, siendo la casa seminaria “grande y suntuosa”, según López Novoa. Se dedicaron a la enseñanza, la asistencia y la predicación y, a pesar de ser religiosos regulares, a la formación de sacerdotes seculares. Como otros conventos sufrieron los efectos de la Guerra de la Independencia y fueron exclaustrados en 1836 tras unos 75 años en Barbastro.

Aunque coexistieron en el tiempo, no se incluyen aquí las Escuelas Pías, cuya fundación se decretó en 1679, ni el colegio de las Hijas de la Caridad (Paúlas), establecido en 1799, por tratarse de colegios y no de conventos. Comparten la peculiaridad de ser los primeros centros educativos en España de sus respectivas órdenes.

Tras la Desamortización de Mendizábal, Barbastro acogió en 1888 a los misioneros del Corazón de María, que instalaron iglesia, seminario y convento en la actual calle Joaquín Costa, nº 17, comunidad que aún subsiste, aunque muy mermada. También se establecieron las Siervas de María, cuidadoras de enfermos, en 1890, primero en la calle de La Seo y posteriormente en su convento de la calle de Las Fuentes, activo hasta 2024, cuando cerró por falta de vocaciones, tras 135 años de presencia ininterrumpida en la ciudad.

La historia religiosa de Barbastro entre 1100 y 1850 muestra un notable desarrollo de la vida conventual, especialmente entre 1650 y 1850. En ese periodo la ciudad llegó a contar con siete conventos (cinco masculinos y dos femeninos) además del Santuario del Pueyo. Más de doscientas personas vivían entonces dedicadas a la vida religiosa, una cifra muy significativa para una población que apenas alcanzaba los tres mil habitantes, según el censo de Floridablanca.

A pesar de su importancia social, cultural y arquitectónica, la mayor parte de este patrimonio conventual ha desaparecido. Solo se conservan algunos vestigios: la iglesia franciscana (no así su convento), el convento de las Capuchinas y el Santuario del Pueyo. El resto de edificios, incluidos conventos, iglesias y torres, se han perdido por completo, más allá de algún resto arqueológico. Y cuando se pierde el patrimonio, también se debilita la memoria colectiva.

 

Alfonso Ordín Náger